Peligros del convenio bilateral
Por RICARDO PASCOE PIERCE
La aceptación de un convenio bilateral entre nuestro país y Estados Unidos se acerca rápidamente. Antes de señalar una opinión en relación al convenio, es preciso recalcar lo que hemos demandado siempre desde esta columna. No es posible aceptar que se dé la firma a un convenio tan trascendental, de consecuencias imprevisibles tan importantes para la nación, sin que exista un proceso verdadero de discusión y análisis en distintos foros, que no sean empresariales o de la alta burocracia política del país. Cualquier proyecto, incluyendo sus respectivos "acuerdos" informales, debiera ser discutido por los partidos políticos, en los sindicatos y organizaciones campesinas, además de recoger la opinión de asociaciones de profesionales, tales como los economistas, sociólogos, etc. Es necesario recabar la opinión veraz del pueblo en relación a la viabilidad y aceptación de un nuevo proyecto de desarrollo capitalista subordinado. Las implicaciones del convenio son trascendentales y de alguna manera representa la culminación de todo un proceso de acomodo y reacomodo de las relaciones entre México y la Unión Americana.
El convenio bilateral le conviene a Estados Unidos, mucho más que el ingreso de México al GATT. En efecto, el convenio bilateral es una especie de GATT privado, entre dos naciones. Para el país poderoso representa una oportunidad de apropiarse de la economía mexicana y del mercado interno nacional, sin tener que competir con naciones europeas, o Japón. Siguiendo la doctrina Monroe, cimiento fundamental de la política norteamericana en América Latina, el capital estadounidense considera que México, América Central y el Caribe, son sus cotos cerrados. América del Sur se abre más al capital internacional, aunque la dominación política y económica norteamericana sigue siendo incuestionable. La presión norteamericana sobre México nunca ha dejado de sentirse, particularmente en los periodos en que nuestro país ha afirmado su precaria independencia del vecino. Norteamérica considera que México es su talón de Aquiles, en tanto país con una tradición de lucha popular pegado a su frontera. En este marco, es evidente que una de las preocupaciones de los legisladores norteamericanos, al avanzar sobre su proyecto Simpson-Mazzoli, es que el influjo de trabajadores mexicanos y centroamericanos pudiera significar la importación de ideas y tradiciones radicales, incluso socialistas. Después de la revolución de 1910, los norteamericanos lograron un gobierno mexicano favorable a sus intereses; después del periodo cardenista, lo mismo. La crisis desatada en 1968, prolongada a través de los sexenios de Echeverría y López Portillo, busca la salida de un nuevo proyecto de relación entre México y el vecino país del Norte.
El convenio bilateral sería, justamente, una pieza clave de ese proyecto nuevo. Establece la posibilidad de un control norteamericano sobre políticas internas, en materia de subsidios y apoyos a la industria y la comercialización. Permitiría a esa nación la posibilidad de controlar las exportaciones mexicanas hacia allá, con la consecuente opción de influencia sobre la estructura productiva interna del país. Por otro lado, el convenio pretende abrir nuevos espacios de actividad económica para el capital extranjero, asegurando dar alternativas para afianzar la propiedad foránea. Y, por último, pretende eliminar la barrera proteccionista que impide el ingreso de productos norteamericanos al mercado interno. Se quiere abrir nuestro país al deleite de productos extranjeros que no se pueden conseguir aquí, y de exigirle al capital nacional que sea más competitivo. El abismo existente entre la productividad norteamericana y la mexicana señala el desastre que se avecina. México será el país en donde se pueda comprar frutas envasadas de cualquier parte del mundo, en cualquier estación del año, siempre y cuando se es de la cada vez más reducida capa de la sociedad que goza de un empleo regular y estable, y gana algo más del salario mínimo. El consumo se convertirá en un factor del mercado libre. El hambre, un dato estadístico relacionado a los inventarios de productos importados de Estados Unidos.
Ante la inminencia de semejante acuerdo, o convenio, resulta indispensable abrir una discusión y debate nacional. Un secretario de Estado, tan estimado por el embajador norteamericano, no puede, ni debe tener el apoyo para ir adelante con este proyecto. El peligro fundamental es que la vecina nación tendrá los mecanismos legales para profundizar su ya profunda intromisión en los asuntos internos del país. La soberanía y el bienestar de los mexicanos peligra.