Los cantos de la sirena
Por RICARDO PASCOE PIERCE
Cuando el general Avila Camacho decidió hacer desaparecer el Sector Militar del Partido de la Revolución Mexicana, lo hizo convencido de que era mejor, para la unidad y lealtad de las Fuerzas Armadas, que los militares no participasen en el PRM. Sin embargo, para llegar a esta conclusión, necesariamente arribó a otra, más trascendental. Concluyó que los militares, guerreros de la Revolución, habían renunciado clara y mayoritariamente a sus designios golpistas y de que, además, era posible satisfacer sus necesidades materiales a través de otros mecanismos que no fuesen vía el derrocamiento de los presidentes. O sea, los militares de la Revolución se habían hecho de la idea de que su papel no era el de acceso permanente al poder por el simple hecho de ser militar y ex combatiente.
Evidentemente era cierto lo que pensó el general Avila Camacho, pues el sector militar ha jugado un papel político discreto durante muchos años. En efecto, los secretarios de Defensa siempre han sido viejos revolucionarios y, a pesar de la creación y mantención artificial del PARM (como refugio de militares disidentes), lo cierto es que los barruntos golpistas se habían eliminado de la escena política. Curiosamente, hoy hay dos fenómenos políticos relacionados, y que indican la esencia de ese sector militar que tantos mexicanos desconocemos en profundidad. En primer lugar, resulta que los viejos ex combatientes han desaparecido. Por razones de tiempo, resulta que los revolucionarios y militares, cuyo compromiso primordial era con el Estado y Partido de la Revolución, están demasiado viejos para ocupar puestos importantes, así como para refrendar su compromiso con la Revolución. Hoy tenemos al primer secretario de Defensa que no es de la vieja guardia de la Revolución. Proviene de otra tradición, y de otra experiencia política. Esto es significativo en extremo, por lo que señalaremos más adelante. El segundo fenómeno es el hecho de que esa guardia y escondite de viejos militares disidentes pero comprometidos con las instituciones de la Revolución, el PARM, ha desaparecido del mapa político, prácticamente por decisión política emanada del Gobierno. Había agotado el papel histórico que le tocaba jugar: los viejos militares están demasiado cansados como para seguir aspirando a curules en la Cámara de Diputados.
Hoy hay una nueva casta de militares. Son nuevos, pues su "compromiso con la Revolución, sus instituciones y presidente", no están claramente definidas. Por declaraciones de militares representativos, como el secretario de la Defensa Nacional, resulta que desde la nacionalización de la banca, la institución armada ha enfrentado tres opciones: defender el Gobierno, permanecer neutral frente a los acontecimientos o buscar una opción de viraje violento al curso nacional. El simple hecho de decir estas cosas evidencia un debate interno. Sin embargo, recientemente el mismo secretario de la Defensa Nacional afirmó que el Ejército no acepta los coqueteos que algunos grupos en el poder han hecho, como fue que en la política vivió momentos difíciles, pretendieron hacerlo caer en la tentación, pero por fortuna es una institución que tiene una forja institucional y no cree que exista un miembro de ella que se deje llevar por los cantos de la sirena. Esta clarísima insinuación de que ha habido discusión de un golpe de Estado entre el Ejército y "algunos grupos en el poder" (¿grupos dentro del mismo Gobierno serán?) demuestra la profundidad de la crisis y el hecho de que sectores burgueses han buscado el golpe militar como solución a los problemas del país.
Estamos frente, al parecer, a una recomposición en la representatividad social de los mandos militares, en términos de su relación con la burguesía nacional y extranjera, además de la redefinición de sus formas de intervención en la política nacional, además de las políticas en particular que pregonan. Los viejos revolucionarios, y su partido, han desaparecido. Hoy tenemos a militares que se felicitan por no dar golpes de Estado.
Con toda decencia se le debiera pedir al secretario de la Defensa Nacional declare quiénes, y bajo qué circunstancias, promovieron una acción militar en el país. En segundo lugar, es preciso informar los nombres de los militares que se reunieron con los llamados "algunos grupos en el poder". Una sociedad supuestamente democrática, que pretende defender su democracia, no puede exigir menos.