La nueva situación
Por RICARDO PASCOE PIERCE
LA nacionalización de la banca ha planteado una nueva correlación de fuerzas en el país. La acción política deberá comprender esta nueva situación, pues de no hacerlo se corre el riesgo de no comprender la transformación que hoy experimenta México. La nacionalización ha afectado de manera profunda la estructura de riqueza capitalista del país, pues los bancos, como instrumentos del capital, eran el mecanismo de captación y distribución de capitales industriales y comerciales; por esto, los bancos son accionistas en las empresas más importantes del país. La nacionalización afecta, por tanto, no solamente a una burguesía financiera, sino trastoca a la burguesía industrial y comercial también, puesto que estos sectores de la burguesía eran dueños y accionistas en los bancos privados hoy nacionalizados. En efecto, la nacionalización ha planteado un enfrentamiento entre el Estado y la burguesía nacional, por no mencionar sectores de la burguesía internacional que, por lo menos, resiente cualquier nacionalización como socializante.
Hoy se observa un fenómeno poco usual en el esquema político mexicano: sectores fundamentales de la burguesía nacional, y sus organizaciones, se han alejado del ámbito político estatal. O sea, el consenso de conducción político-económica del país, se ha roto por el lado patronal. Esto abre la posibilidad de una actuación política "autónoma" de sectores burgueses dentro del cuadro político, con partidos propios y enfrentados al Gobierno federal. El rechazo del PAN y el PDM de la medida nacionalizadora los sitúa como candidatos para canalizar por lo menos parte del malestar burgués.
Por el otro lado, el oficialismo obrero y campesino además de algunos sectores del llamado sindicalismo independiente, han acudido al llamado presidencial para expresar no solamente su solidaridad con la medida, sino también su disposición a aceptar medidas adicionales necesarias para sacar al país del "bache" (eufemismo que significa crisis). Es notable observar que el sindicalismo oficial, en particular, ha acudido a apoyar el régimen saliente de una manera que no lo han hecho con el entrante.
En el centro de los acontecimientos existe un régimen que, enfrentado a las contradicciones del capitalismo semicolonial como el nuestro, ha querido racionalizar la voracidad de los banqueros, justamente para salvar el capitalismo mexicano de su propia locura. Se nacionaliza para dar un uso más racional a los recursos financieros captados, para evitar fugas, pero en bien del sistema. El régimen entendió lo que no entendieron los banqueros y otros malos mexicanos: o se racionaliza o se hunde el sistema. Incluso, el régimen, fiel a la propiedad privada, pondrá en venta todas las acciones de las empresas que, por obra de la nacionalización, hoy son propiedad del Estado. Además, se pretende indemnizar a los banqueros que saquearon al país. En medio del conflicto de interés, el Estado sigue siendo de los burgueses.
La nacionalización del petróleo fue acompañada por un pacto obrero-patronal, firmado al inicio del gobierno de Ávila Camacho, que redujo las condiciones de vida de la clase obrera a sus niveles más bajos en los últimos 54 años. Existe una relación estrecha entre las acciones políticas de los regímenes y sus necesidades económicas. En el caso de las nacionalizaciones, siempre hay precios que pagar. Con el petróleo, la clase obrera pagó con su nivel de vida, mientras los regímenes posteriores aseguraron condiciones óptimas para la inversión privada, tanto nacional como extranjera. Hoy, Fidel Velázquez ha hecho llamadas a la clase obrera mexicana a no luchar por aumentos salariales y, en efecto, el Presidente no anunció el aumento salarial a la burocracia pública. Todo indica que, junto con la nacionalización de la banca, vendrán dos políticas más: reducción sustancial del nivel de vida de los trabajadores (vía inflación, reducción del gasto social, topes salariales aplicados rigurosamente, despidos masivos, etc.) y condiciones favorables para la inversión privada (venta de acciones, subsidios a granel para industriales, créditos en términos extremadamente favorables, ayuda para el pago de deudas, etc.).
Para la izquierda debe existir una regla fundamental: no perder la cabeza en este periodo. Hay y habrá,
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crisis de identidad de sectores de la izquierda. Hasta la fecha existen dos grandes tentaciones: la primera es tratar la nacionalización como trivia que no vale la pena ni comentarse, pues es un gigantesco engaño más del Gobierno, y la segunda es subordinar todo (incluida la independencia política) al apoyo de la medida y al Presidente. Ambas tentaciones pecan de errores de método: ni se debe perder de vista el análisis complejo del conjunto político-económico del país, y las enormes contradicciones del capitalismo contemporáneo en crisis mundial, ni se puede analizar la situación sin situarse en el contexto de una sociedad de clases, de una sociedad dominada por la burguesía y cuyas acciones van encaminadas siempre a defender su clase y su riqueza.
Hoy la izquierda debe apoyar una medida progresista, y debe establecer, con claridad, que, defensa de la medida aparte, lo fundamental es proteger a la clase trabajadora, sus intereses y sus necesidades. Todo proyecto de izquierda hoy debe ir encaminado en ese sentido, sin titubeos y sin concesiones. Hoy existen dos proyectos nacionales cada vez más definidos: el proyecto burgués, contradictorio y conflictuado por la dimensión de la crisis internacional, y el proyecto proletario: salida a la crisis que busca beneficiar al proletariado, expropiar a la burguesía y hacer crecer a la nación. Son dos poderes, dos proyectos. La izquierda está con el proletariado.