¿Crisis de coyuntura o de estructura?
Por RICARDO PASCOE PIERCE
UNA vez que los gobernantes del país han reconocido la existencia de una crisis económica, han pasado a calificarla de coyuntural. Esta explicación, que pretende hacer aguantable las medidas que tomará el régimen, encierra una lógica que fatalmente demuestra que se sigue sin entender el contenido esencial y fundamental de esa crisis.
Dos elementos centrales, y contradictorios, del discurso inaugural del nuevo Presidente demuestran este hecho. En primer lugar, el Presidente anunció, en sus 10 puntos programáticos, que "...reorientaremos los recursos de inversión a obras generadoras de ocupación de mano de obra; ajustaremos los programas intensivos de capital". Más adelante, el Presidente señaló que: "Modernizaremos la planta industrial paraestatal, privada y social, con firmes criterios de elevada productividad... Necesitamos realizar una auténtica revolución tecnológica y de productividad. No regatearemos esfuerzos en esta inaplazable transformación".
Si se desconoce la historia general del capital, y el desarrollo de las sociedades en su alrededor, es posible pensar que México se desarrollará tal y como lo hizo, por ejemplo, Estados Unidos. Sin embargo, si se atiene al desarrollo histórico de las condiciones materiales, y las relaciones económicas, de las sociedades capitalistas contemporáneas, resulta evidente que el atraso industrial, agrícola y financiero de países como México no se debe a nuestra flojera, sino a condiciones de interrelación impuestas por las potencias económicas y militares. En este contexto, resulta que México es, en realidad, parte de la estructura económica de Estados Unidos. Y hoy más que nunca, con los acuerdos del FMI.
Por tanto, la formulación primermundista de que, con mayor productividad, habrá mayor riqueza para todos es falaz, dada la estructura de clases con que cuenta México. Mayor productividad puede, en efecto, generar más ganancias para determinados sectores industriales, agrícolas o de servicios. Sin embargo, la historia del capital nos indica que esas ganancias no fluyen al pueblo; al contrario, fluyen hacia la burguesía.
Hablar de empleo, en nuestro país, es hablar de obras intensivas en fuerza de trabajo. Justamente son esas las obras que el presente régimen pretende cancelar, por razones de racionalidad económica, y porque no son obras "productivas", usando la lógica expresada. Además, obras intensivas en mano de obra nada tiene que ver con la revolución tecnológica en puerta.
Aunado a esta intencionalidad de racionalidad y programación, está la política de estimular la inversión extranjera al país. Seamos claros y honestos: una de las fugas de capital más importantes del país ha sido la extracción de ganancias (bajo sus diversas formas) de las empresas internacionales. Dichas empresas no vienen a México a elevar nuestro nivel de vida y, si es necesario, a costa de la nuestra. Prueba de ello es el hecho de que la banca internacional ha exigido condiciones de inversión para las empresas extranjeras (refiriéndose a sus niveles de ganancias), a cambio de préstamos para repagar lo que ya les debemos.
El origen de la crisis en México no es producto del mal manejo de López Portillo (ni Silva Herzog ni De la Madrid) sino de la estructura capitalista y de clase que domina en México; y que ellos, como gobernantes, buscan perfeccionar para su mejor funcionamiento. El origen de la crisis es la estructura productiva que, con criterio individual, impone el interés de la ganancia antes que el interés de la colectividad.
Fatalmente, la economía mexicana enfrenta las necesidades de otras economías capitalistas mucho más poderosas; ellos extraen ganancias para resolver su propia crisis, y poco les importa la descapitalización que generan aquí. ¿Acaso la solución es la importancia de más tecnología? La historia —inexorable marco de referencia— también tiene algo qué decir en cuanto esto: es una formulación de más dependencia. Creer que la planta industrial competirá favorablemente con la norteamericana o la europea es, también, una falacia.
En realidad, la estructura productiva, y las relaciones internacionales, no le permite soluciones a México; la solución no es la austeridad, ni la racionalidad, ni la productividad. Las soluciones para México se darán solamente en el marco de una economía donde la riqueza se utiliza, y se distribuye con un criterio colectivo, y no de interés personal. La austeridad, la productividad o la racionalidad funciona solamente cuando existe el convencimiento de las clases trabajadoras de que la riqueza se va a distribuir equitativamente, aunque sea poca. Pero, como están las cosas, con la banca internacional, las transnacionales y la iniciativa privada mexicana felices con los cambios, con Mancera et. al. de regreso, no nos puede sorprender que no exista consenso popular, ni mucho menos entusiasmo, con el discurso inaugural de De la Madrid.
Y aumentó la gasolina 100%.
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