¿Encuesta o elecciones?
RICARDO PASCOE PIERCE
LAS ELECCIONES DEL AÑO 2000 REPRESEN- TAN para la gran mayoría de la población una oportunidad histórica: la de poner fin al régimen autoritario más longevo que haya existido en la historia moderna mundial. La cadena de abusos de poder, corrupción, patrimonialismo y crisis económica permanente puede por fin ser quebrada. La voluntad mayoritaria, insiste, va en este sentido.
Sin embargo, esta materia social disponible no es suficiente. Los partidos políticos comprometidos con la democracia tienen la responsabilidad de convertir este ánimo de la sociedad en una oferta electoral concreta. La oferta electoral a la que me refiero estaría fundamentada 1) en una clara disposición de los partidos a dejar de lado las diferencias sustantivas que tienen entre sí, con el fin de acelerar el cambio de régimen político, y 2) asegurar que la primera etapa de la democracia mexicana contará con la estabilidad y la gobernabilidad necesarias para que el país no corra riesgos innecesarios.
Esto significa que la Alianza por la Democracia de ninguna forma es un simple pacto para obtener y repartirse el poder. Es, por el contrario, un acuerdo que rebasaría el ámbito electoral y se extendería a la obtención de una fracción mayoritaria en el Poder Legislativo que sirviera como soporte del Poder Ejecutivo surgido de una coalición democrática. Es un acuerdo por seis años.
Así, la alianza será, más que electoral, gubernamental y parlamentaria, para reducir al mínimo la capacidad de daño que pudiera tener el PRI, cuya reacción autoritaria puede ser anticipada mediante su actitud frente al actual gobierno de la Ciudad de México.
El Partido de la Revolución Democrática encuentra su origen y motivación en la lucha por la democracia. Esto quiere decir que no condiciona su apoyo a tal o cual gobierno a cambio de prebendas o de que se sigan de- terminadas políticas públicas. El PRD exige que los programas de gobierno que se lleven a cabo, sea cual sea su orientación, surjan de la libre manifestación de los ciudadanos a través del voto. Este compromiso fundacional nos lleva de una forma natural a apoyar la unión de todas las fuerzas opositoras que compartan con nosotros el punto de vista de que la democracia es, en este momento de la vida política nacional, prioritaria.
Sin embargo, algunos medios (impulsados por personajes de lleno boicoteadores como Muñoz Ledo) han recogido la versión de que el PRD está en contra de la alianza opositora. Las supuestas pruebas que se han aportado al respecto no provienen de las posturas públicas del partido, y sólo en forma aislada en lo que se refiere a filtraciones de las reuniones privadas.
Se ha dicho que el PRD está en contra de la alianza porque insiste en que el método para elegir al candidato de ésta debe ser el de elecciones primarias, mientras que el PAN considera que el método debe ser una encuesta (eufemísticamente llamada "consulta nacional").
Se alega, como motivo fundamental a favor de la encuesta, que realizar elecciones primarias abriría las puertas a la intromisión de prácticas fraudulentas. Sin embargo, éste es sólo un problema técnico, no de fondo, ya que lo resolverían la presencia del IFE y observadores, junto con reglas de anulación de casillas incluso más estrictas de las que rigen para elecciones constitucionales.
¿Por qué insiste el PRD en las elecciones primarias? Supongamos por un momento que se decide por la encuesta; y más aún, que la muestra es bastante amplia (como propone el PAN) y que su representatividad es altamente aceptable. ¿Pierde algo la alianza? Pierde mucho: la actitud psicológica del individuo no es la misma cuando toma la decisión de ir a votar que cuando sencillamente se le pregunta su opinión. El encuestado opina cualquier cosa, sin pensarlo mucho y casi al gusto que le indica su capricho. El elector, por el contrario, medita su decisión, sigue con interés el desarrollo de las campañas y las propuestas de cada precandidato. Cuando, finalmente, destina parte de su tiempo para trasladarse a una casilla y votar, está comprometiéndose internamente con el cambio.
Esto nos lleva a la cuestión central. Convocar a un electorado significa movilizarlo, convencerlo y, sobre todo, hacerle saber que su opinión cuenta. En una muestra representativa todos tienen la misma posibilidad de ser escogidos; pero en una elección quien lo desee puede presentarse a votar. La diferencia es abismal. La alianza debe convencer al mayor número de personas de que el cambio es la mejor opción, y la precampaña consigue exactamente eso, pues, más allá de qué precandidato obtenga la mayoría de votos, todos y cada uno de los ciudadanos que se presenten a la elección estarán sellando un pacto social en torno a la alianza.
Lo esencial, para efectos prácticos, es que la elección primaria tiene el sentido de establecer un compromiso político —un pacto social— entre los millones de potenciales electores acerca del valor mismo de la coalición. Votar en la elección primaria es conformar una nueva identidad política entre ciudadanos que han perfilado visiones diferentes sobre la realidad. Es confirmar el acuerdo político de avanzar, juntos, hacia la transición política en México.
Con la encuesta, lo que conseguimos es recoger simples opiniones, no la formación de deseos y de compromisos. Por eso, debería quedar claro que las elecciones primarias aseguran las posibilidades de triunfo de la coalición opositora en las elecciones constitucionales.
La moneda está en el aire. Cada partido conoce los costos de abandonar un esfuerzo que no sólo concierne a ellos, pues la sociedad mexicana ya tiene grandes expectativas. Esperemos que prive la responsabilidad histórica, y que podamos responderle a México.