RICARDO PASCOE 1999/12/29

¿Quién dijo certidumbre?. REFORMA. 30 diciembre 1999

¿Quién dijo certidumbre?

RICARDO PASCOE PIERCE
Los cambios de un año a otro siempre generan grandes expectativas, temores recónditos y deseos redoblados. Ahora, tomando en cuenta que es, además del cambio de año, también de década, siglo y milenio, entonces los elementos y las reflexiones se agudizan. Las experiencias místicas se dan por doquier, y si no se dan, son buscadas. Economistas, políticos, analistas y financistas establecen los parámetros (sic) de sus pronósticos acerca de lo que viene, mientras que la religión y el pensamiento esotérico establecen los fundamentos para sus augurios de lo que acontecerá en los próximos tiempos. Existe, entre todos, una gran preocupación por querer definir los fenómenos del futuro, por la previsión. Por hacer pronósticos unos, y augurios otros. El deseo de la certidumbre es casi un rasgo distintivo de la humanidad. Pero, qué curioso que a finales de este siglo, en particular este siglo, se esté rescatando con tanta insistencia la necesidad de la certidumbre. Este siglo de dos guerras mundiales, de movimientos de pensamiento como el existencialismo, de la amenaza de la guerra nuclear, del SIDA. Procesos que tienden a cuestionar la posibilidad misma de la certidumbre y que, sin embargo, cohabitan con su búsqueda, con el ímpetu del acercamiento de las distintas razas o clases sociales. Parecería ser que la historia de la humanidad se escribe así, entre el empuje hacia el acercamiento y la certidumbre, por un lado, y, por el otro, la distancia, el conflicto y la lejanía de intereses. Es decir, entre la colectividad y la individualidad, entre el compartir los logros para un bien social o el acapararlos para el desarrollo personal o de los intereses particulares.
En México nos colocamos constantemente entre estas tendencias en conflicto. Las contradicciones económicas y sociales, políticas y culturales hacen de nuestro país un enjambre de movimientos en múltiples direcciones. Por ello, siendo un país esencialmente místico, con un afán histórico de utopía no confesada, nos debatimos entre la cabeza y el corazón, entre el pensamiento racional y los actos de fe. De ahí nuestra confusión a la hora de las explicaciones acerca del fenómeno de Juan Diego, o, más aún, de la Virgen de Guadalupe. Mientras algunos de nuestros letrados tratan de explicar que Juan Diego sí existió y que hay datos documentales probatorios de un acto de fe, a la vez que otros denotan tal postura, millones y millones de pies se encaminan, en silencio y con la cabeza inclinada, hacia el altar de fe para confirmar que el corazón habla más fuerte que la cabeza. O que la cabeza no puede razonar si el corazón no tiene fe.
Los economistas hablan con la cabeza y razonan sus posturas y pronósticos. Hay certidumbre en los mercados porque la Cámara de Diputados aprobó el paquete de Zedillo con relación al IPAB. Hay certidumbre porque el tipo de cambio es estable y la inflación es baja, además de que la deuda externa es manejable y no se espera una caída en el precio del petróleo. En la cabeza de unos está la certidumbre y con confianza de que el futuro del país es perfectamente predecible. Afirman que las elecciones del 2000 serán aburridas —lo emocionante será ver por cuánto gana Labastida. Pero, ¿el corazón del país dónde está? Puede suceder cualquier cosa, interna o externamente, que dejará la economía mexicana, tan vulnerable como siempre, hecho añicos. Una devaluación en China, un cambio brusco de mercado o tasa de interés en Nueva York, presiones petroleras de Venezuela, cualquier cosa puede modificar el escenario dibujado por los economistas. El problema no viene por el hecho de definir posibilidades, sino por el implacable deseo humano de encontrar y eternizar certidumbres donde éstos no existen. Tampoco quiere decir que hay que suponer escenarios catastrofistas o derrotistas, en el caso de México. Quiere decir, simplemente, que establecer un pronóstico definitivo sobre el futuro es, en este momento, un ejercicio seguramente condenado al fracaso, o, en el mejor de los casos, un ejercicio inevitable de prueba y error, de aproximaciones sucesivas, mismas que a veces se acercan, y otras veces se alejan de la realidad misma.
La certidumbre, por más deseable que fuere, es un propósito que condena a sus aspirantes a una eterna, y constante, frustración. En este periodo histórico de cambios y turbulencias, a lo más se puede aspirar a entender un poco mejor al entorno propio, a la gente de ese entorno, y a crear condiciones para una convivencia más civilizada y humana. Como país, se puede aspirar a obrar con inteligencia y sensibilidad, y no en base al miedo a transformarse. El espíritu-guía de un pueblo es su necesidad por mejorar la condición colectiva, y no a convertirse en verdugo de ese proceso. México tiene mucho que hacer en ese renglón. Finalmente, en un proceso de cambio, lo importante no es la forma que asume (lento, gradual, abrupto) sino el contenido que reviste. El contenido define la calidad y el sentido del cambio a fin de que el mejoramiento de la condición colectiva sea para bien de todos. Después de ello, la única certeza posible es que la certidumbre no existe.

La maldita duda. CUESTIONE. 27 diciembre 2018

El mundo a fin de siglo. REFORMA. 19 de diciembre 1999

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