El laberinto de la democracia y el autoritarismo
Por RICARDO PASCOE PIERCE
OCTAVIO Paz ha convocado a un foro internacional en México para discutir el problema de la libertad en el siglo XXI. La convocatoria ha sido llamativa y el cúmulo de personalidades que han acudido ha dado mucho que decir y mucho que pensar. Desde el punto de vista del foro, en lo particular, indudablemente el ejercicio servirá para abrir algunos nuevos ámbitos de la discusión en torno a los problemas de la transición económica y política que se está dando en el mundo moderno. Desde el punto de vista teórico y práctico el problema de la transición de economías centralizadas a economías descentralizadas, que no es necesariamente economía de mercado, es un reto de lo más fascinante. Desde este punto de vista no puede haber lugar a duda: el debate y la reflexión sobre estos problemas tienen una gran utilidad.
Donde cambia la situación es cuando el foro se convierte, de facto, en el trampolín para alcanzar ideas políticas hacia un público más allá de los foristas mismos. En este terreno, Octavio Paz ha cometido el error que es la tentación de quienes hablan sin fin: finalmente terminan diciendo cosas no solamente incongruentes, sino que se colocan entre la ignorancia y el ridículo. Más que eso, develan el verdadero sentir de sus palabras y sus acciones. Octavio Paz habló del PRD y lo señaló, con dedo flamígero, como el obstáculo principal a la democratización en México. Con semejante comentario y apreciación, entra en la escena del debate político en México como un defensor principalísimo del régimen priísta.
¿Qué es el régimen priísta? Nos dirigimos a los foristas internacionales que no tienen la obligación de conocer el régimen político mexicano, pero sí de saber algo acerca de las actitudes y posiciones de Paz. Él se ha erigido en el defensor de uno de los últimos regímenes autoritarios en América Latina, muy parecido en sus métodos políticos a los derrocados en Europa del Este por la acción directa de los ciudadanos. Si bien Trotsky había hecho una caracterización precisa de los regímenes socialistas en su fase burocrática y decadente, nunca habían sido tan claramente atacados estos regímenes desde el punto de vista de la derecha hasta que Paz organizó esta mesa, con finanzas provenientes de lugares indefinidos con ideologías posiblemente ilustrativas de su interés político y económico a posteriori y procurando canalizar los acontecimientos.
El foro coincide, curiosamente, con la asamblea del PRI. Sin embargo, Paz no halla crítica al régimen político mexicano, sino más bien dedica su furia contra la principal fuerza política en el país que lucha por transformarlo. El régimen antidemocrático del PRI acaba de aprobar una ley electoral en donde dirigentes de partidos políticos pueden ser encarcelados por emitir opiniones contrarias a los resultados oficiales publicados por órganos controlados por el Gobierno. El régimen que Paz defiende ha concentrado la riqueza como en ninguna otra época de la historia de México, procurando marginar a millones de mexicanos de cualquier expectativa de desarrollo. Nadie cree en el Pronasol excepto, quizá, Paz. El régimen político que Paz apoya ha incursionado, como ningún otro régimen priísta en las últimas tres décadas, en la violación de los derechos humanos, y el asesinato político se ha convertido en un aspecto de la vida cotidiana que enfrentan dirigentes sociales y políticos, por no mencionar a periodistas en todo el país.
La tarjeta de presentación de Paz como abanderado de las luchas libertarias en todo el mundo, junto con apoyo abierto y sincero al régimen autoritario mexicano, como régimen de partido de Estado, describe la contradicción en la que se mueve este pensador poético y político. El manejo del doble criterio, apoyando a los pueblos que hacen caer regímenes autoritarios en Europa del Este y en otras partes, aunado a su ya afiebrada campaña en contra de la Cuba de Castro, pegado a su también afiebrada defensa del régimen político mexicano, incluyendo sus aspectos autoritarios, hacen pensar que está recurriendo al recurso de defender, más que un sistema político, a uno de carácter económico. Al parecer, le convence más la modernización capitalista de México que el problema de lograr la defensa de los niveles de vida de los pueblos de Polonia, Checoslovaquia, Hungría o Rumania.
Precisamente por el hecho de estar en todo su derecho a opinar como quiera, es significativo que exige democracia y libertad para los pueblos en todo el mundo y en el suyo propio está cómodamente reconciliado con uno de los últimos regímenes autoritarios de América Latina. El laberinto es solitario porque el pensamiento queda atrapado.