¿México contra Irak?
Por RICARDO PASCOE PIERCE
UNO de los puntos más oscuros, y al mismo tiempo más celebrados, en la reunión cumbre entre los dos mandatarios hace una semana, fue lo relativo al pronunciamiento que hiciera Salinas de Gortari en relación con Irak. En este punto, el licenciado Salinas hizo una explicación amplia de la posición del Gobierno mexicano al respecto. En esa explicación, aseveró que México rechaza las intervenciones y, por tanto, repudia la intervención de Irak y exigió el inmediato retiro iraquí de Kuwait. En ese sentido, el Gobierno de México se sumó a la corriente internacional que ha adoptado una posición abierta y francamente antiiraquí en el conflicto de Medio Oriente.
Quedaron exentos del análisis y discusión de los mandatarios los problemas que dieron origen a este conflicto. Por supuesto, nadie pretende defender a Saddam Hussein, presidente de Irak y principal autor de la incursión iraquí en Kuwait, pero ciertamente amerita una reflexión a fondo acerca de la ruta que sigue este conflicto. La posición del presidente iraquí tiene que ver, evidentemente, con el problema del precio del petróleo. La invasión a Kuwait se debió, fundamentalmente, a que para un sector de los países productores de petróleo del mundo árabe, sector encabezado, entre otros, por el propio Hussein, el precio del petróleo tenía que situarse en otro nivel al que estaba. Tanto Kuwait como Arabia Saudita jugaban siempre en función de los intereses de las grandes empresas petroleras norteamericanas y europeas, y de las economías de esos países; por lo cual se mantenía un precio comprimido en virtud de su capacidad de producción. La invasión a Kuwait ha provocado un desquiciamiento del precio del petróleo a nivel mundial y ello ha llevado a que se tenga la intención de organizar a los países productores en torno a una abierta resistencia a los intereses de las economías centrales. Yendo incluso más allá, la influencia de Kuwait y Arabia Saudita en el mercado internacional de capitales es significativo por sus grandes depósitos que tienen en los bancos occidentales. Por ello, estos dos países han jugado un papel decisivo, en la opinión de algunos países árabes como Irak, de esquiroles en la lucha por mantener lo que consideran que pudiera ser un precio razonable para su materia prima. Este elemento fundamental en el conflicto Irak-Kuwait necesariamente se refleja en el problema más amplio del despliegue militar extraordinario que ha realizado tanto Estados Unidos como Gran Bretaña y Francia en la zona del Pérsico.
Por estas razones, el apoyo otorgado por Salinas de Gortari a la posición norteamericana en el Pérsico no deja de ser un contrasentido a la política exterior tradicional de México. Pragmáticamente puede pensarse que no importa la posición mexicana en el Pérsico y que, por lo tanto, si de algo le pudiera beneficiar a México esa posición habría entonces que sostenerla. Este pragmatismo puede tener otro recoveco. Muchos soldados del ejército norteamericano acantonados en el Pérsico son de origen latinoamericano y pudieran ver con buenos ojos el que un país como México diera la bendición a esta posición y, por tanto, a su presencia en las dunas de arena de Arabia Saudita. Todo indica que Bush vino a México buscando este respaldo a su política en Arabia Saudita, considerando que ha dedicado toda su energía y esfuerzo a este problema, por lo que dedicar dos días a México en este momento tiene que tener una explicación relacionada. No lo justificaría el tratado del libre comercio, más en el contexto del anuncio hecho por Nicholas Brady en el sentido de que el tesoro de Estados Unidos aprobó un préstamo de 1,500 millones de dólares para Pemex para sus proyectos de desarrollo tecnológico y exploración de nuevas fuentes de producción. Finalmente, el petróleo sigue estando presente en las preocupaciones centrales entre los dos países.
Lo que pudiera ser preocupante es, en todo caso, el hecho de que se empezara a hacer, de la vista gorda ante el creciente autoritarismo político emergente en México, a partir de su entrega a la soberanía petrolera mexicana a Estados Unidos. Este fenómeno preocupa gravemente, en particular cuando los "intelectuales" del régimen han empezado a teorizar la viabilidad del autoritarismo político junto con el bienestar social. Estos problemas traslucen en la estela que ha dejado la entrevista Bush-Salinas, y que son temas que estarán vigentes durante mucho tiempo, particularmente si la entrega de la soberanía petrolera responde a intereses que tendrán que concretarse en los próximos meses.