Unidad, ruptura y revolución
Por RICARDO PASCOE PIERCE
El problema unitario de la izquierda se hace presente en la lucha electoral de 1982. Justamente porque la unidad es una aspiración legítima del movimiento de masas es que el debate del contenido unitario de la campaña se hace evidente. Hemos dicho anteriormente en esta columna que la unidad no es un acto demagógico: es la realización del sueño político del movimiento obrero, campesino y popular. Es la concreción de una amplia alianza entre todos los sectores sociales de explotados del país; por tanto, debe ser la aspiración y objetivo organizativo concreto de los partidos políticos representativos del proletariado nacional.
Ante la situación actual de dispersión y enfrentamiento entre fuerzas de izquierda, es preciso aclarar el contexto en que se da dicha situación, su fondo político y las perspectivas de solución para organizaciones políticas que se reclaman del socialismo y del movimiento obrero.
La carencia de unidad se debe a la existencia de concepciones profundamente diferentes entre los militantes de izquierda acerca de la táctica y estrategia revolucionaria para derrocar al capitalismo, el carácter de clase de la revolución, de la democracia socialista y del tipo de Estado revolucionario a construirse. En la izquierda mexicana, existen dos concepciones radicalmente opuestas, y que cristalizan las dificultades y retos para construir una unidad revolucionaria. Por un lado se encuentra el PSUM (Partido Socialista Unificado de México) y por el otro lado, el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores), ambas organizaciones que recogen las tesis de las corrientes centrales del Partido Bolchevique, durante y después de la Revolución rusa. El PSUM, como representante ideológico y político de la concepción estaliniana del Estado, la gestión económica y la democracia, debate un acercamiento al PSD (Partido Social Demócrata), al presentar un listado programático de puntos de coincidencia con el PSD, mismo que excluye mención alguna a un gobierno de obreros y campesinos, y de la socialización de los medios de producción —o sea, la eliminación de la propiedad privada—. Dicho acercamiento representa, en realidad, un acercamiento político real al Estado que rige, hoy, los destinos de México. O sea, un acercamiento al Gobierno, al Estado como rector de la economía. En este contexto, la posición del PSUM de apoyar al gobierno militar polaco coincide estratégicamente con este acercamiento: tener la mirada fija en el estatismo, las directrices emanadas del gobierno hacia abajo, la construcción del Partido a partir de la inteligencia de la cúpula.
La otra tradición del movimiento revolucionario ruso, el trotskismo o marxismo revolucionario, se opone a la concepción estatista y cupular de la democracia socialista; esta corriente considera que las grandes revoluciones proletarias se hacen a partir de considerar el partido como figura central en la organización política y crear conciencia proletaria de las masas revolucionarias. A partir de esta concepción, el trotskismo encuentra que el Estado obrero y campesino debe partir de las necesidades y orientaciones de las masas, y no a partir de instrucciones del partido-gobierno. Es justo, también, señalar que la posición del PRT en relación a Polonia, consecuente con su concepción de democracia proletaria, se resume de la siguiente manera: solidaridad con Solidaridad. No puede haber democracia obrera, sin libertad de asociación de la clase obrera.
La reciente escisión en el PSUM sitúa a ese partido claramente ante el resto de la definición; los que se salen del PSUM afirman que ya no es posible rectificar la línea estatista, parlamentaria y autoritaria, hoy en la dirección. Los escindidos del PSUM encuentran, por otro lado, eco en las concepciones democráticas y socialistas del PRT, y se suman a su campaña electoral. Por otro lado, un destacado dirigente del PSUM afirma públicamente, que su próximo congreso se amenaza por luchas internas por poder. Ante este panorama, los dos polos de lucha se clarifican: reforma estatal contra revolución socialista. En este contexto, la campaña electoral de 1982 presenta, a los obreros y campesinos, alternativas de poder y de organización. Esta es la esencia de la falta de unidad en la izquierda mexicana.