La lógica del poder
Por RICARDO PASCOE PIERCE
MUCHO se escribe acerca de la orientación política del régimen del Presidente De la Madrid. Se ha tachado de derechista al mismo, mientras otros han observado un carácter firme y progresista en su línea. En efecto, estas observaciones han creado polémicas relacionadas con la política económica, social, electoral y cultural del Gobierno en turno. Entre los partidos de oposición abundan las críticas al régimen, mientras los gobiernistas destacan sus virtudes y el alcance de la visión histórica de la obra nacional de los gobernantes.
Advertimos la necesidad de situar el análisis en el marco de las condiciones estructurales y determinantes del sistema político mexicano. De no ser así, se corre el riesgo de realizar una obra analítica impresionista, por no decir apresurada. Además de esquivar algunos de los problemas políticos centrales del México de hoy.
Es necesario recalcar la naturaleza esencial del sistema político mexicano. Se basa, en primer lugar, en un Estado posrevolucionario producto de las alianzas político-sociales surgidas de las cenizas del combate, y la inexistencia de una clase burguesa capaz de instaurar un proyecto nacional. El Estado se convirtió en el proyecto nacional. A raíz de ello, surge el llamado o mal-llamado partido de la Revolución, que no es más, en realidad, que un parto organizativo del Estado posrevolucionario, consolidando su proyecto. El complejo sistema de legitimidad, tanto ideológica como política, surge como resultado de la interacción entre sectores sociales organizados por el Estado, y la clase social (la burguesa) representada objetivamente por el aparato de Gobierno. Desde los años veinte resulta evidente que el destino de la nación está invariablemente entremezclado con el de la nueva casta dominante. El partido oficial, independientemente de su nomenclatura, existe a partir del poder, y en función de él, no es un partido surgido de la lucha por el poder. Es un partido nacido en el seno del Estado, y amamantado por los distintos regímenes, en función de intereses creados cada vez más diferentes. No es un partido de ideología propia, sino más bien el fiel intérprete de la coyuntura. En esto, no es un partido político; es una corporación social, con una estructura interna de gratificación y castigo en función de las necesidades inmediatas.
Es el cruce híbrido entre Estado y partido, atravesando sectores sociales decisivos en un momento determinado, lo que crea la lógica del poder. Esto es, la lógica de la mantención y preservación del poder. Incluso, a nivel subjetivo, el autoconvencimiento de la necesidad histórica de la presencia de uno en el escenario político. Lógica implacable cuando confronta la realidad de una sociedad compleja, conflictiva y cambiante, como la nuestra. Mientras la lógica de la preservación del poder se instauró hace por lo menos 55 años (con la fundación del PNR en 1929), la sociedad mexicana no ha dejado de transformarse.
El problema que hoy enfrentamos es que mientras la lógica del poder permanece, y, de alguna manera, existe dentro del aparato de poder, los sectores sociales realmente no están incorporados orgánicamente a dicho proyecto, de medio siglo de vida. La clase obrera y el campesinado están cada vez más controlados por el poder, más no incorporados a él, ni mucho menos convencidos ideológicamente de sus virtudes.
Mientras el poder se encierra cada vez en su propia lógica se aleja del pueblo. Pero, para mantenerse, debe insistir en la lealtad de los aparatos del Estado, y de quienes viven en virtud de la quincena gubernamental. Hoy se vive un momento de gran contradicción: mientras el pueblo se politiza, y pide más participación democrática, el poder se vuelve más exigente, y pide más sacrificio con menos beneficios. Mientras el pueblo busca mayor representación popular auténtica, el poder impone su "representatividad popular" y su ideal del gobernante local, estatal o municipal. Llega un momento, como el actual, en que la lógica del poder, y su preservación, se convierte en una lógica de endurecimiento del régimen ante un pueblo que cada día reconoce menos en ese poder su verdadero representante.
La lógica del endurecimiento del poder es la de la contradicción entre Estado y pueblo. Nos toca, hoy, resolver esa contradicción.