La crisis del campo
Por RICARDO PASCOE PIERCE
La marcha campesina del 10 de abril destacó uno de los problemas más serios del país: el de los campesinos pobres. Claro está que el análisis del proletariado difícilmente puede establecer un sufrimiento mayor o menor de algunos de sus sectores. Sin embargo, el campesinado es la población que hizo la Revolución, que luchó durante años por el reparto agrario, y la reforma agraria, que sufrió los primeros intentos del Estado posrevolucionario por controlarlo, ya sea a través de dirigentes charros, ya sea a través de la represión, y que, debido al fracaso del proyecto capitalista en el campo, hizo que en los años sesenta la población mexicana fuese mayoritariamente urbana. El fracaso del campo como unidad productiva bajo el capitalismo moderno ha creado potencialmente el eslabón débil del sistema político mexicano.
La reestructuración del proletariado en México en los últimos sesenta años, permitiendo el surgimiento de un proletariado industrial y un sector grande y deforme de servicios, se ha hecho paulatinamente. Este proceso paulatino se debe a que se ha sujetado al de derrota del campesinado en su propio terreno: el campo mismo. Desde la Revolución entraron en contradicción dos concepciones diferentes y antagónicas, acerca de la dinámica económica y política que debiera prevalecer en el campo. Por un lado, los campesinos que creyeron en las posibilidades del ejido como unidad racional de producción y, por el otro, de los viejos terratenientes, ya incrustados algunos en el nuevo aparato estatal, desde el cual presionan para volver a la antigua racionalidad de la producción del capital. Esta lucha, tenazmente desarrollada durante décadas, atravesando el periodo cardenista y el reparto masivo de tierras, culminó como era inevitable en esta sociedad: la lógica del capital se impuso, y los campesinos, formalmente dueños de tierras, son en realidad parias que la trabajan porque no tienen de otra.
La marcha del 10 de abril fue un éxito tremendo para sus organizadores. Pero, más importante, fue un éxito para los millones de campesinos representados por los marchistas. Los millones de campesinos pobres, desposeídos que hoy encuentran eco en organizaciones nacionales como la Coordinadora Nacional Plan de Ayala. En esta etapa de la lucha diaria por organizar al pueblo, este éxito, y logro, es de suma importancia. El hecho de demostrar caminos viables a amplias capas del pueblo es preparar al mismo para tomar en sus manos su propia historia. Probablemente es por esto que la reacción de círculos oficiales fue de un gran aturdimiento ante semejante acontecimiento. No se esperaba una respuesta tan amplia, y combativa, del pueblo ante la marcha. De hecho, la marcha campesina planeada para coincidir en la ciudad de México el día del 65 aniversario del asesinato del general Emiliano Zapata, opacó las festividades oficiales, mismas que se realizaron en varios puntos de la República. Durante el 10 de abril de 1984, lo realmente significativo e importante fue la conmemoración del campesinado mexicano, al tomar las calles para alzar su voz en protesta viva en contra de la contrarreforma agraria.
Tanto López Portillo como el actual Gobierno han sido artífices de dicha contrarreforma agraria. El primero organizó la aprobación de la Ley de Fomento Agropecuario, en donde se da marcha atrás en la concepción del ejido como núcleo central, y más importante, de la producción agrícola, para otorgarle dicho honor a la propiedad privada, mientras el segundo aseguró una reglamentación favorable a los intereses de quienes tienen capital y están interesados en invertirlo en el campo. Existe un virtual desalojo del campesino en todo el agro mexicano. Las grandes migraciones del campo a la ciudad se deben a este hecho, exclusivamente. Los capitales privado y público, no invierten en el ejidatario, sino en el productor privado. El sistema capitalista no ha considerado conveniente el ejido, pues implica una estructura compleja de producción, como en algunos países asiáticos. Se prefiere la ganancia y las divisas extranjeras, antes que proveer al pueblo de los alimentos básicos para su subsistencia. Por ello, la marcha del 10 de abril fue un avance decisivo en la organización de los campesinos, y una declaración pública de repudio a las políticas gubernamentales que castigan a los productores de nuestro país. Ante la sordera oficial, los campesinos se organizan, ya no como aliados del PRI, sino como parte del gran movimiento del proletariado que crece en todo el país, y afirma su independencia política del Gobierno, del PRI y de la burguesía.