Frente de países pobres
Por RICARDO PASCOE PIERCE
LA deuda externa de México se ha convertido en su talón de Aquiles. A pesar de las negativas oficiales, lo cierto es que Estados Unidos tiene hoy más presencia política en nuestro país que en ningún momento de la historia reciente. Las manifestaciones de dicha presencia son múltiples: la devolución de una parte de la banca nacionalizada a manos privadas, la tendencia a retirarse del Pacto de San José, la venta preferencial de petróleo a Estados Unidos para sus reservas estratégicas, las seguridades recientes al capital extranjero en cuanto la disposición oficial a ignorar ciertos aspectos claves de la Ley de Inversiones Extranjeras. O sea, como bumerang, la deuda externa ha debilitado tanto al país en lo económico y lo político que ha perdido independencia de decisiones.
Hace algunos meses, en la reunión de COPPPAL realizada en La Paz, Bolivia, México, junto con otros países latinoamericanos, planteaba la necesidad de un frente de países para negociar en mejores términos las relaciones comerciales y financieras de los países involucrados. El hecho de que el frente no se haya constituido, reside, en mucho, en la actitud mexicana, que fue de negarse, finalmente, a cooperar en su fundación.
En realidad, toda la crisis "de caja" que sufre el país ha puesto en el tapete de la discusión estrategias de solución, en el contexto de la situación internacional y nacional. Desde el punto de vista del régimen, ha habido siempre dos opciones: la primera ha sido la de presentar a un México independiente y agresivo, capaz de mantener su soberanía frente a la banca internacional, además del Gobierno norteamericano al mismo tiempo que se exige una redefinición a fondo de las relaciones económicas entre los países; la segunda opción ha sido la de jugar conforme las reglas del imperialismo, de sujetarse a sus demandas y presiones para obtener recursos financieros adicionales para contentar a la burguesía interna y externa. Casi sale sobrando decir que el régimen encuentra más cómoda la segunda opción, la de las reglas del imperialismo.
En tanto que es el régimen quien está permitiendo el ingreso objetivo del imperialismo al país, resulta ofensivo el enfoque que mantiene que las demandas de los trabajadores, y los subsecuentes conflictos, permiten la entrada de los yanquis. No, no es así. Lo que permite la entrada del imperialismo es la obsecada y "heroica" visión de un Silva Herzog que, en la mejor tradición de los villanos de Wagner, sigue adelante sin percatarse de los destrozos que causa, pensando que todos están de acuerdo en que su honor va primero.
Existe la necesidad urgente de crear un amplio frente de los países coloniales y semicoloniales (como México). Más temprano que tarde el hambre hablará más fuerte que cualquier cálculo político de bufete. Es necesario establecer un acuerdo político para defender dos cosas: que la riqueza de las transnacionales no sea sacada de los países, y que el precio de las materias primas esté en función directa a los costos de los bienes manufacturados. Además, es preciso suspender los pagos de la deuda externa, pues es otro mecanismo de extracción de riqueza de nuestros países.
México enfrenta la misma disyuntiva: o resolver los problemas en un marco de interés nacional, de los trabajadores, o la solución será el imperialismo. Las decisiones deben tomarse.