Sindicalismo oficial y crisis.
POR RICARDO PASCOE
El desempleo creció en dos millones de obreros de todas las ramas de producción. Con esto, el desempleo real llegó cercano al 60% de la fuerza de trabajo disponible del país.
Las ganancias de las empresas transnacionales se mantuvo alrededor del 20% de su inversión total (siendo usual el 10% en el resto de los países coloniales y semicoloniales del mundo), y se consolidó el gran capital mexicano como un proyecto político económico guía del Estado mexicano.
La clase obrera ha pasado a jugar un papel de segunda importancia en esta crisis, pues sus intereses, incluso inmediatos, han importado poco en el contexto de las grandes decisiones del régimen. El secretario de Comercio es capaz de desacreditar, ante diputados de la actual Legislatura, el control de precios, y, a pesar de las críticas "obreras oficiales", permanece en su puesto, administrando el comercio. Los empresarios del país desafían el análisis "obrero", y señalan que aumentos salariales implicará más aumentos en los precios. Los despidos continúan, como en el caso de Dina-Renault que, hoy, se encuentra en huelga, negándose a aceptar el despido de 2,500 trabajadores, sin encontrar una respuesta unitaria del conjunto de la clase obrera.
Todo esto es un reflejo de la política desgastada y poco creíble de los dirigentes del Congreso del Trabajo, en particular de la Confederación de Trabajadores de México (CTM). Sus dirigentes han convocado tantas veces a la clase obrera a defender su política sutil de apoyo al régimen, pero con condiciones. Después de tantas muestras de solidaridad con el régimen priista, y sin algo real que ofrecerle a los trabajadores (o, como dirían algunos, con las manos vacías), hoy ese proyecto se encuentra en crisis.
Desde 1941, los dirigentes obreros no han tenido que explicar a su base que deben aceptar una reducción de su nivel de vida. Nunca desde 1941 el salario real había amenazado el nivel de ganancias como lo hacía hace 2 ó 3 años. La crisis de sobreproducción ha significado la necesidad de transformar la relación entre mercado y productos. Concretamente, el sistema capitalista mexicano requiere de una reducción del nivel de consumo obrera, agregado a un incremento del consumo burgués. Esta salida a la crisis es la que, con marcada creatividad, ha diseñado el régimen actual.
Los dirigentes obreros amenazan con demandar aumentos salariales. El régimen no está de acuerdo con ellos. Evidentemente, las relaciones de poder se transforman, al enfrentar los dirigentes obreros frente a una actitud cercada del Gobierno. ¿En dónde está la negociación tradicional del sistema?
Las exigencias de la crisis evidentemente están transformando muchas de las formas y mecanismos tradicionales existentes para paliar los conflictos. La revista The Economist, de la semana del 29 de enero al 4 de febrero señala que el Gobierno mexicano es uno que sigue fielmente los dictados del Fondo Monetario Internacional (FMI). Ante esta situación, resulta evidente el conflicto obrero: no hay espacio político para ceder a las demandas tradicionales del movimiento obrero, ni a las necesidades materiales de sus "dirigentes".
Hoy por hoy, los movimientos que reivindican las demandas y reclamos de los obreros, tienen asegurado cierto nivel de éxito. Sin embargo, el problema más de fondo no es la destrucción del charrismo simplemente, sino la estructuración de una alternativa viable y real, desde el punto de vista organizativo y político, que permita avanzar al movimiento de los trabajadores.