Símbolos nacionales
Por RICARDO PASCOE PIERCE
Esta semana ha visto la plena consagración de dos símbolos nacionales, ambos tan disímbolos como significativos. Además, ambos son, aparte de símbolos, fenómenos añejos en la sociedad mexicana. En el contexto nacional, su significado cobra importancia ante acontecimientos de esta semana. Por un lado, el Gobierno ha reiterado la simbología nacional oficial a través de diversos actos celebrando el Día de la Bandera. Lo más significativo no es lo reiterativo, sino lo novedoso: se decretaron leyes estipulando cuándo es obligatorio tocar el Himno Nacional, demostrar la bandera y se reitera la educación escolar respecto a la explicación de la importancia e historia de la bandera y del Himno Nacional. Los colores tienen importancia: verde, blanco y rojo, además del escudo. Cada color es, en sí, todo un concepto relacionado a nuestra mexicanidad.
Por otro lado, está la nota roja de cualquier periódico. Otro color que simboliza lo que hoy sucede en nuestro México agraviado. Una lectura somera de la nota roja demuestra cómo vive una parte importante de los mexicanos: sumidos en la violencia individual o de grupo, enfrentados a los aparatos represivos del Estado, se debaten entre el robar o ser robados.
Si se pudiera señalar dos o tres prioridades del Gobierno actual, indudablemente estaría el concepto de "paz social". Parte fundamental de la paz social es, evidentemente, la aceptación de la situación en que se encuentra el país y las orientaciones del Gobierno. La exaltación "nacional" de valores profundamente inculcados en el inconsciente mexicano, como la bandera, busca reforzar la estabilidad política del régimen. Dicho así: estabilidad de régimen, por encima, incluso, del interés colectivo.
Ante esto, levanta la cabeza el caos y desorden: las colonias proletarias se descomponen ante el hambre y la violencia. Pandillas proliferan en toda la ciudad, la irracionalidad aparente cunde por todos lados.
La impresión que da es que existe una batalla campal entre la bandera y la nota roja, entre estabilidad y caos, entre construcción y destrucción, entre racionalidad e irracionalidad. Y, como siempre, la impresión es equivocada.
El problema es mucho más profundo. Ejemplo, aparecido en la nota roja de un periódico capitalino: un hombre entra a una lonchería y, a punta de pistola, exige que un cliente recién servido le entregue su plato. Como éste se niega, lo asesina y huye, sin comida. ¿Qué hay detrás de este suceso? ¿La locura, la irracionalidad, un deseo deliberado de caos y destrucción? Está, más que estos elementos éticos, realidades materiales: hambre y miseria, acoplado con lo más terrible: la profunda enajenación. El pueblo siente, en mucho, que no tiene nada que hacer frente a una estructura de dominación político-económica tan poderosa y corrompida. En particular, sabe que está frente a un aparato gubernamental que tiene, como ya lo dijimos, sus prioridades definidas; y éstas no incluyen el bienestar material del pueblo.
Reivindicar la nacionalidad es justo y necesario; todo Estado nacional lo hace, no solamente como exigencia de estabilidad política, sino también como elemento de identidad de un pueblo. El problema estriba en quién la reivindica, y con qué objetivos. La bandera, reivindicada por el Gobierno actual, reviste elementos de interés de clase dominante que no puede soslayarse. Interés por lograr su salida a la crisis. La nota roja, que tiene como actor principal al pueblo (probablemente la única hoja dedicada exclusivamente a él) demuestra la otra cara de la salida burguesa a la crisis: la miseria del pueblo. En efecto, y buscando una síntesis, rojo simboliza hoy a México.