El pan nuestro de cada día
Por RICARDO PASCOE PIERCE
PARA muchos mexicanos, la Semana Santa de 1982 no será recordada como cualquier otra. Ha habido milagros. Probablemente el más importante ha sido el milagro de Coyoacán: la aparición de la Virgen de Guadalupe. Según, apareció de un día al otro. Así, es increíble incluso para los que se consideran "sin iglesia". Lo cierto es que apareció una versión de una mancha de humedad en la pared exterior de la iglesia de Coyoacán que decía, textualmente, que era la Virgen y que incluso venía acompañada de querubines. En efecto, la mancha pudiera significar lo dicho, agregando una pequeña pizca de imaginación o de devoción o de ambas cosas. Lo cierto es que, en relación a la aparición señalada, han circulado muchos rumores dando cuenta de milagros: particularmente de conversiones y curaciones. Lo cierto, y esto es indudablemente lo importante del fenómeno, es que ha sido una atracción de multitudes que han pasado horas adorando la imagen, tocándola, e incluso devotamente escuchando el regaño de alguna autoridad de la iglesia que reclamaba de la masa más respeto a la aparición, y que no la tocaran. Dijo: "No hay que desmerecer esta señal del Señor, al enviarnos una imagen divina". No generó reproches y enojo; generó más devoción. Miles se persignan, encuentran ligeros cambios, de un día al otro, de su posición y devoción, de tal suerte que se comprueba su veracidad. Se toca, se comenta en voz baja, y, como es de esperarse en nuestra sociedad, aparece el inevitable fotógrafo ofreciendo su producto: una foto de los novios, de la abuelita, junto a la virgen. Por veinte pesos.
Alguien comentaba que encontraba destellos de color en el entorno de la Virgen de Guadalupe. Rayos hacia el cielo. En fin, era cierto para el observador frío que si uno quiere ver algo, lo ve.
Padre nuestro que estás en los cielosEl pan nuestro de cada día Dánoslo hoy, SeñorVenganos tu Reino...
No tan extrañamente existe una relación dinámica entre el pan de cada día y la Virgen. Dios da pan, alivia el dolor de la vida, y mantiene despierto esa idea de que hay una salida a la situación actual: el cielo.
Claro está, la Biblia no habla explícitamente de una devaluación de la moneda, del salario remunerador ni de la escala móvil de salarios, pero, en cambio, sí expresa una concepción económica de la sociedad: una concepción mágica, de necesidades resueltas por la fe, fe en Dios, no la fe en sindicatos, en organizaciones de lucha, en partidos políticos. Uno puede molestarse con estas exigencias a la Biblia, y replicar: es que, no se trata de eso. Se trata de la divinidad, de los sublime, de éxtasis.
Pero, después de ver lo de la pared de Coyoacán, después de palpar la desesperación del pueblo por creer en algo, resulta claro, de nuevo para el observador frío, pero esta vez de escalofríos, de que el pueblo de México está en condiciones de buscar nuevos caminos, nuevas soluciones y nuevas opciones para resolver sus viejos problemas de hambre, miseria, explotación y humillación.
La renovación moral de De la Madrid trata de coincidir con esta fe ciega de Coyoacán; sin embargo, no es lo mismo. En realidad, es cada vez más evidente que el PRI y su candidato representa lo más esencialmente reaccionario de México, mientras que ese espíritu del pueblo en Coyoacán es otra cosa —es un intento inútil, diríamos— de creer en esto, en esta sociedad, en De la Madrid. Pero también es rebeldía, es enojo, es desesperación y frustración. Es, en efecto, un pueblo que se levanta, a través de sus banderas de la Virgen de Guadalupe, y que busca. Esa búsqueda, no lo dudamos, no los llevará a santificar al Señor de Los Pinos, sino a reconocerse a sí mismos como los actores, los creadores, de su propia historia, camino y devenir.