Para seguir viviendo
Por RICARDO PASCOE PIERCE
VARIOS acontecimientos —aparentemente desligados— han puesto en la mira el problema del sindicalismo en el país. En primer lugar, el asesinato de dos trabajadores huelguistas en la refresquera Pascual por ex dirigentes sindicales y el dueño de la empresa, resalta la manera en que los patrones, junto con dirigentes sindicales, consideran viable la solución a los conflictos laborales. Hasta el momento, no ha procedido ninguna acción legal eficaz en contra de los homicidas.
El senador Joaquín Gamboa Pascoe —dirigente de la Federación de Trabajadores del Distrito Federal, la CTM en el D.F.— regresó de la Reunión Interparlamentaria en Estados Unidos, y fue interceptado por agentes aduanales, pues traía al país ilegalmente cantidades importantes de contrabando. De hecho, antes de salir del país había sido acusado de sacar más de un millón de dólares del país, y, en general, en torno a su persona ronda la imagen y rumor de enriquecimiento inexplicable. Resulta curioso, también, observar que el sindicato de la refresquería Pascual pertenece a la FTDF.
Ante el asesinato de los huelguistas de la Pascual, fue anunciado por Fidel Velázquez que el sindicato pasaría de la FTDF al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria de Refrescos. Al mismo tiempo, la prensa nacional atacaba al dirigente de la FTDF, Gamboa Pascoe, de ser corrupto, insolente y altanero, además de inexplicablemente rico.
Estas dos caras del sindicato mexicano —el asesinato de trabajadores en lucha y la corrupción y riqueza de los dirigentes formales— se ha repetido en múltiples ocasiones. La historia se repite mientras la clase obrera trata de salir de la situación de postración en que se encuentra.
La existencia de una crisis económica y social no necesariamente significa una radicalización del movimiento de masas; de hecho, la tendencia observada en muchos momentos históricos es de que cuando hay crisis, hay cierto conservadurismo en las masas. Hay temor al hambre, al desempleo. Si no se ve una alternativa clara y precisa, la clase obrera puede optar por esperar.
Pero también es observable otro fenómeno: las condiciones objetivas pueden empujar las masas a demandar y exigir una nueva situación de poder dentro de la sociedad, y, por lo tanto, a probar formas de lucha más organizadas y violentas.
En México hoy empezamos a vivir expresiones de la lucha de clases mucho más violentas en relación a la solución de los conflictos laborales. El aparato represivo del capital se expresa nítidamente en el campo (con el asesinato de campesinos participantes en la toma, armada, de tierras) y en las fábricas ejemplificado por los acontecimientos de la Pascual, y el desalojo del local sindical de telefonistas por fuerzas represivas. Además, estos acontecimientos cuentan con el aval, o consentimiento, de los dirigentes sindicales oficiales, como Gamboa. Incluso, no debemos descartar de que el mismo Fidel Velázquez es el gran "hacedor" de estas situaciones de represión sindical.
Hoy por hoy, la violencia física y material viene por el lado de los patrones, dirigentes sindicales oficiales y el Gobierno. Cuando la clase obrera responda, será con otro tipo de violencia: será violencia para defender a los trabajadores, y a sus intereses como clase.
Las elecciones no pueden resolver estos problemas, como tampoco pueden resucitar a los muertos. Los muertos están muertos, y los vivos debemos resolver los problemas de vivos: como seguir viviendo.