Un día después
Por RICARDO PASCOE PIERCE
ESTE texto será escrito antes del día de las elecciones, entregado al periódico el mismo 4 de julio, y publicado un día después de las elecciones. Por tanto, consigna ciertas ventajas y desventajas su redacción. La desventaja fundamental es que no se puede apreciar resultados concretos de la jornada electoral; al mismo tiempo, la gran ventaja es no envolvernos en la minucia de los resultados, para reflexionar sobre el proceso global.
Justamente el problema que debe preocuparnos es la pregunta: ¿Y ahora, qué va a pasar, después de las promesas y compromisos? ¿Cómo se va a administrar la crisis económica del capitalismo mexicano? ¿Qué va a comer el pueblo?
Indudablemente el proceso electoral se dirigió justamente a debatir las soluciones a éstos, y muchos más, problemas de la sociedad contemporánea mexicana. El mismo proceso electoral demostró que existen en el seno de la sociedad, concepciones profundamente divergentes sobre el pasado, presente y futuro de México. En la derecha se inició un proceso de indudable importancia histórica: mientras un sector ocupa el gobierno, otro sitúa la mira en la izquierda. Desde el punto de vista de la derecha, la lucha contra el avance del movimiento de masas se vuelve primordial. La retórica y la acción tienen ya su objetivo: frenar la organización revolucionaria y marxista de los trabajadores. Consignas contra los marxistas-leninistas abundan, al igual que la proliferación de la campaña pro vida y contra el aborto, la exaltación de la familia como núcleo central de la civilización judeo-cristiana que, como mexicanos, supuestamente enarbolamos. La Iglesia católica (en todo caso su jerarquía eclesiástica) llama a los fieles a votar, y a votar antisocialista y anticomunista. En las calles se observa una campaña en apoyo al sindicato polaco Solidaridad y en contra del socialismo: Iglesia y libertad se vuelven sinónimos de anticomunismo. Esta expresión política de la lucha de clases en el país tiene su correlativo en nivel económico, sin pretender relaciones mecánicas: la política de austeridad del régimen, la intención expresa de la patronal mexicana y extranjera radicada en el país de incrementar sus ganancias a expensas de los trabajadores, genera una necesidad imperativa del Estado: ratificar y consolidar su control sobre el movimiento obrero y campesino del país.
La derecha se mueve y se entremezcla con diversos partidos y sectores; pero la derecha sigue siendo la derecha, a pesar de sus múltiples partidos y formas de organización. Entonces, resulta que el debate electoral, y por ende, el debate del destino del país, se reduce, a pesar de su complejidad, a dos intereses real y cotidianamente opuestos: o la producción social del país sirve para fines de lucro privado o se orienta a la acumulación colectiva de riqueza y su distribución entre todos los trabajadores para la satisfacción de necesidades de éstos. En realidad, este es el fondo del debate electoral, y la lucha por el poder: capital o trabajo tienen que detentar el control de la sociedad, pero no los dos juntos.
Las elecciones federales de 1982 tienen ya su víctima: el resquebrajamiento del mito priísta de la compatibilidad de intereses entre las clases sociales. El ya tradicional interés del Estado mexicano de equilibrar fuerzas y sectores económicos y políticos enfrenta su propia contradicción: no es posible llamar al sacrificio obrero, en bien de la patria, para que se enriquezca la clase patronal, y no la patria, y mucho menos los trabajadores.
Los próximos años serán definitivos para México; las respuestas a la crisis se han canalizado, en esta coyuntura, a través de las elecciones. Mañana será a través de la acción directa. Por esto, justamente, que el día después es tan importante.