Hegemonía y consenso
Por RICARDO PASCOE PIERCE
Las elecciones han desnudado el estado real de cosas en el país. En el momento en que se hacía recuento del resultado electoral —mejor dicho, del resultado oficial electoral— se dio el anuncio oficial del alza en el precio de la tortilla y el pan (en un 100% cada uno), la gasolina y diesel aumentaron en un promedio del 58.6%; el gas y la luz. O sea, junto a la variable datos electorales manipulados, enfrentamos los aumentos reales del costo de vida, sin que exista un mínimo de aumento salarial correspondiente. Unos datos son reales, los otros ficticios; pero todos apuntan en la misma dirección. Al estado real de cosas en el país.
Es evidente, y sin posibilidad de negación alguna, de que los resultados electorales fueron manipulados para satisfacer las necesidades de un régimen que entra con una crisis enfrente. Por tanto, se han buscado varios efectos políticos con los resultados. El primer efecto ha sido la intención de presentar las elecciones como las más limpias y honestas de la historia de México. La segunda intención ha buscado asegurar la elección de De la Madrid con una masiva ventaja. La última intención ha sido la de convencer a las fuerzas de que se acerquen al gobierno, y, si no lo hacen, sufrirán las consecuencias.
Para lograr estas impresiones políticas, se recurrió al viejo expediente de asegurar que los datos dijesen lo que se pretendía: limpieza electoral, gran victoria de De la Madrid y cercanía con las fuerzas opositoras. Dos partidos, el PST y el PPS, obtuvieron una votación que requirió de una inyección importante de votos del PRI para sostenerse. Al mismo tiempo, son dos partidos que ya le deben su existencia al partido oficial, y, por tanto, alegan la limpieza de las elecciones, la victoria del candidato priísta y su propia "fuerza" electoral. Los partidos independientes del control gubernamental, particularmente el PRT, han visto reducidos sus votos e, incluso, este partido no estará representado en la Cámara de Diputados, a pesar de que el pueblo le otorgó votos para dicha representación.
La reforma política está herida a muerte, por mano de sus creadores. Hoy, solamente la fuerza del pueblo organizado podrá detener su desaparición completa, a pesar de las embestidas de la burguesía nacional e internacional, del PRI en toda su insolencia y poderío débil, y de los partidos cuyo interés es material, no político.
Las alzas son la otra cara de la misma moneda. El PRI gana las elecciones, y recibe un mandato para eliminar lo que los empresarios llaman la economía-ficción. Aumenta precios, y reduce los salarios reales de los trabajadores. El gasto social baja, el gasto productivo se incrementa. Con su mandato electoral, contando con el apoyo de los partidos incondicionales, la Presidencia de De la Madrid ya empezó.
Pero existe una duda popular: ¿Fueron realmente esos los resultados? se pregunta el pueblo. Afirmamos que no lo fueron; los datos oficiales reflejan, más que nada, el profundo temor del PRI y del gobierno a demostrar su fuerza real al pueblo. O su falta de fuerza real, por lo cual inventa cifras para asegurar su propia continuidad. Estamos frente, pues, a una profunda crisis política de representatividad, justamente cuando se hable de limpieza, mandato y solidez. Por el control del aparato gubernamental, el PRI ha logrado imponerse —dijimos imponerse, no ganar— en las elecciones, pero no ha logrado un consenso del pueblo para la implantación de sus políticas económicas y represivas antipopulares.
Los años venideros van a ser extremadamente duros y muy importantes en cuanto el rumbo que tomará el país. Reiteramos lo que hemos dicho en otras ocasiones: la disyuntiva está entre la voluntad del pueblo y el autoritarismo. Pero, aún más allá de esta situación, existe la necesidad de que el PRI se percate de una realidad, si es que no quiere estrellarse contra la piedra de la historia: el haber logrado una imposición a la voluntad popular no significa la aceptación de su proyecto por el pueblo. No hay mandato. El pueblo sabe que hay mentira, que hay engaño. Una cosa es la hegemonía, lograda por la fuerza, y otra cosa es el consenso, logrado con la voluntad de un pueblo libre. Hoy, en México, hay hegemonía, mas no consenso (p. 1).