Afiliación forzosa
Por RICARDO PASCOE PIERCE
La marcha del primero de mayo en la ciudad de México resume las contradicciones del movimiento obrero, y plantea la necesidad de una reflexión y análisis del quehacer obrero en esta década. En primer lugar, es una equivocación hablar de una marcha; en realidad, fueron tres marchas, de concepciones políticas esencialmente diferentes. La más grande, y más importante por su composición y representación sectorial, fue la del Congreso del Trabajo. El PRI y el Gobierno así lo querían: una marcha para recuperar la moral caída del contingente obrero oficial, ante la crisis económica y la falta de soluciones existentes que favorezcan a los trabajadores. Las otras dos marchas, una impulsada por Juan Ortega Arenas y la Unidad Obrera Independiente, y la otra por la Coordinadora Sindical Nacional, fueron mucho más pequeñas, pero combativas: no eran marchas con una asistencia obligada, como lo fue la marcha oficial. La marcha oficial fue un acto electoral del PRI, y, más que eso, un intento por parte de la burocracia política del país de crear por lo menos la impresión de una base social de apoyo gigantesco.
Años de crisis y de falta de solución a los problemas urgentes del país, le han enseñado al PRI que no es suficiente dominar la sociedad por la fuerza. Una de las grandes lecciones históricas de la segunda mitad del siglo XX es justamente mantener gobiernos (y eso no está nada claro), pero no resuelve los problemas de producción y distribución en grandes sociedades complejas y heterogéneas. Esto es así en México. Se puede dominar por la fuerza a la sociedad, se puede controlar a obreros y campesinos, pero ante los problemas de alimentación, escuelas, vivienda, el pueblo sabe que no se resuelven, y actúa con resistencia. El PRI puede dominar, pero cada vez controla menos. El simple hecho de obligar a los trabajadores a marchar es un claro signo de debilidad. ¿Cuántos trabajadores asistirían al Zócalo si no fuera por la fuerza? (p. 1)
Quien responde al llamado priísta es la pequeña burguesía mexicana, temerosa de lo que le pueda suceder en momentos de crisis económica, de auge de la organización obrera. Por esto, curiosamente, y por ser soporte de la llamada clase media y su cultura, es que, conforme pasan los años, la clase obrera pierde peso en las marchas oficiales, mientras la adquiere los sindicatos de burócratas. (p. 1)
En este contexto, entonces, la afiliación forzosa de los sindicalistas al PRI resulta un nuevo truco para dominar, mas no para resolver los problemas de los trabajadores. Se domina, pero no se tiene el consenso. Este es el problema que el PRI quiere resolver en las elecciones: no solamente dominar, sino también recibir un mandato del pueblo para sus políticas. Pero, en realidad, es un automandato. El PRI tiene las posibilidades, y las computadoras, para implantar un fraude electoral de enormes proporciones. Si la gente no vota, de todas maneras votará. Pero las elecciones son como la afiliación forzosa: formalmente el pueblo está, participa, y es mayoritariamente del PRI; en realidad, la inevitable otra cara de la formalidad, el pueblo no cree en el Gobierno, no cree que pueda ganar otra fuerza que no sea el PRI. El pueblo, en realidad sabe que el PRI gobierna con, y en base a, la fuerza. (p. 1)
La oposición obrera organizada efectivamente es débil, pero la desorganizada, la de los que están por vivir mejor, por no vivir en un país de unos cuantos ricos y un vasto ejército de pobres, es inmensa. (p. 1)
Las elecciones de 1982 deben tener un mensaje muy claro para el conjunto de la sociedad mexicana: no hay tal mandato para el PRI. El mandato será el que se autootorguen los dominadores sin consenso, sin hegemonía. (p. 1)