La sombra de Tejupilco obliga a respetar el voto
Por RICARDO PASCOE PIERCE
El caso de Tejupilco es de sobra conocido por la opinión pública. Esta circunstancia, y los debates que se suscitaron en torno a los hechos mismos, han seguido repercutiendo en los medios de comunicación. Sin embargo, un hecho relevante, y que le imprimió una nueva dimensión y significó un viraje en la apreciación gubernamental de los hechos, es la presentación de armas que hicieran las fracciones parlamentarias del PAN, PARM y PRD ante la Cámara de Diputados el día 18 de diciembre de 1990.
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La presentación de estas pruebas materiales de los hechos en el pleno de la Cámara de Diputados suscitó una airada y violenta respuesta por parte de la bancada priísta. De hecho, los gritos y reclamos de los diversos diputados priístas en contra de la presentación de las armas, junto con su anterior negativa a que se formara una comisión pluripartidista para conocer y estudiar el caso, aunado a que su también negativa a que la Comisión Nacional de los Derechos Humanos conociera del caso, han provocado las mayores dudas acerca de la versión oficial de los hechos.
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El alegato de que los granaderos en Tejupilco no estaban armados (y que fue la versión difundida por el propio gobernador del estado) ha caído completamente ante el desplegado público de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México, en el cual se hace una larga relación de las muchas armas que tenían en su poder los policías y granaderos. Esta virtual confesión, por parte del Procurador del estado, prueba que sí anduvieron armados y, además, tenían una gran capacidad de fuego. Esto desmiente la posición oficial en el sentido de que no había armas y que los policías, por tanto, fueron agredidos a mansalva. El propio gobierno desmiente lo dicho por el gobernador anteriormente y muestra la forma en que inventa situaciones para confundir a la opinión pública.
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Quizá lo más significativo y preocupante de este hecho no sea el que se haya descubierto al gobierno mentiroso, en la medida en que semejante situación se ha convertido en algo normal en la vida cotidiana de la nación, sino el que el gobierno mismo haya urdido semejante acción, buscando provocar una crisis política de grandes proporciones en el país. Sin embargo, la provocación ha resultado ser un bumerang para el propio gobierno. En vez de ganar la simpatía de gobiernos extranjeros y de los grandes capitales, supuestamente por considerar que el PRI es el único partido capaz de mantener el orden en México, el mismo gobierno ha demostrado cómo miente. Es decir, el caso de Tejupilco ha mostrado que el gobierno de México no es confiable ni para las inversiones, ni para las confianzas políticas de gobiernos extraños, principalmente en virtud de que tampoco es un gobierno confiable para su propio pueblo.
Este hecho coloca a Tejupilco definitivamente en el mapa político. No solamente por los trágicos sucesos de aquel fatídico día, ni por las versiones múltiples de los hechos y los responsables que han corrido a posteriori, sino por el simple hecho de que Tejupilco prueba que en México no hay tranquilidad, que la violación de los derechos políticos y humanos tienen altísimos costos para toda la sociedad. Y también prueba Tejupilco que es imposible gobernar de esta manera.
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La larga lista de metralletas relatada en el desplegado de la Procuraduría General de Justicia del Estado de México, junto con pistolas, escopetas, granadas lacrimógenas, chalecos antibalas, radios y demás equipo de la policía, demuestra el punto en que el país puede volverse ingobernable, lo cual es prácticamente un hecho, en virtud de que no se respeta el voto. Todo lo de Tejupilco empieza con la falta de respeto al voto.
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El gobierno tiene que aprender la lección e iniciar 1991 reconociendo que la única manera de vivir en paz y concordia es con el respeto irrestricto al voto y a los derechos políticos de todos los ciudadanos. Vivir conforme a las reglas de convivencia que establece la Constitución. Tejupilco es la viva memoria de que este respeto no es, aún, norma aplicable.