RICARDO PASCOE 1982/04/18

Magia Negra. El Universal. 19 de abril 1982

Magia Negra

Por RICARDO PASCOE PIERCE
UNA idea que ha reforzado sistemáticamente el PRI, a través de sus años de poder, es la que se refiere a la invencibilidad del Estado. De hecho, le ha convenido insistirle al conjunto de la sociedad de que los problemas suelen ser resueltos o vía la presión o convencimiento, o vía la corrupción, y, en última instancia, vía la obligación y el poder. La fuerza bruta, nos insiste el PRI, realmente está detrás de todo. La solución a los problemas sociales y políticos de México se reducen a un esquema sencillo: cuando no es posible arreglar los problemas, se imponen las soluciones. Y como es el Estado quien siempre impone soluciones, resulta ser un ente mágico, indescritible y todopoderoso. La noción de Estado por encima de las clases sociales, como mediador en conflictos y, finalmente, como solucionador de ellos, le permite a un conjunto de intereses expresarse y articularse bajo la cobertura estatal.
Esta visión mágica del Estado permea muchos análisis, y, en efecto, con aparente razón. Es un Estado con un control social y político impresionante; es un Estado que impone el proyecto económico del Fondo Monetario Internacional sin rebelión interna; es un Estado que juega el papel de contrapeso al imperialismo norteamericano en Centroamérica; es, finalmente, un Estado cuyos candidatos a diputados y senadores ganarán las elecciones, contra ocho partidos de oposición.
Lamentablemente, esta visión mágica del Estado ha llegado a influir en sectores sociales donde no debiera, a tal grado que, por ejemplo, cuando la Comisión Federal Electoral registró al Partido Revolucionario de los Trabajadores, se alegó que dicho registro fue una “concesión gratuita” del Estado. Jamás se vio en la óptica de un partido que luchó y ganó un derecho democrático. Por su fuerza social, por su dinamismo, por su concepción táctica y estratégica de la lucha revolucionaria del país.
Sin embargo, en fechas recientes, la visión mágica ha llegado a un límite de total oscurantismo. Varios articulistas ya se preguntan, como lo hacen todos los partidos políticos participantes en la contienda electoral, cómo será la distribución de las curules plurinominales. No hay tanta inquietud por las plazas uninominales, pues los recursos del PRI no permiten que haya otro ganador. La oposición tendrá, efectivamente, que repartir cien plurinominales.
Ya se especulan acerca de números, de cuántos le tocará a cada partido, de su fuerza relativa, de su influencia social-electoral por circunscripción. La reflexión no es completamente ociosa, pues no cabe la menor duda de que, con base en un análisis de la fuerza relativa demostrada por los partidos en las elecciones de 1979, el Gobierno decidió dividir el país en cuatro, y no tres, circunscripciones plurinominales. Junto con su fórmula técnica, tiene una clara intención política: buscar una influencia en el reparto de plazas plurinominales. Sin embargo, el pensar que ya están divididos entre los partidos, y número y todo, es no solamente falaz, sino es tener una fe católica en el Estado y en su capacidad de decidir y controlar, de repartir y de quitar.
Es un error entrar a las elecciones pensando en esos términos, lo cual no quiere decir que el Estado no busca una injerencia en el proceso. Evidentemente que sí lo busca, pero no es posible que políticos analicen a partir de un reparto previo.
Es indudable que habrá sorpresas en el proceso electoral, que ni el mismo PRI puede controlar. Es posible, por ejemplo, que algún candidato a la Presidencia tenga mucho más arraigo y presencia nacional de lo esperado; los cálculos pueden fallar. Que los dos partidos de oposición “fuertes” realmente no lo sean tanto, etc. Y es probable que, para minimizar los efectos de las sorpresas, se amplíe aún más la estructura electoral para las elecciones: específicamente, que se amplíe el número de casillas electorales, haciendo aún más incontrolable el recuento, y por consiguiente, la definición de los verdaderos ganadores y perdedores.
Finalmente, en las elecciones que se avecinan se debate un problema fundamental, ¿se escuchará, o no, la voz del pueblo? ¿Es posible captar las voces de protesta, de inconformidad con tantos años de miseria y pobreza?
Sí, es posible, justamente porque no existe fuerza en la sociedad capaz de tapar el grito de protesta de millares, de decenas de millares, por no decir millones, de mexicanos que reclaman otra cosa. Que buscan nuevas organizaciones, nuevas ideas y formas de obtener lo que piden.
Y ante todo esto, la respuesta estatal no puede ser otra sino la magia negra que acostumbra: el fraude electoral, como otro instrumento de control político.

La crisis.  El Universal. 26 de abril 1982

El pan nuestro de cada día.  El Universal. 12 de abril 1982. 

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