Estado, partido y sociedad
Por RICARDO PASCOE PIERCE
El secretario de Gobernación, profesor Enrique Olivares Santana, expresó ideas importantes acerca del Estado mexicano, su composición y su comportamiento. En acto público en Oaxaca, externó tres tesis interrelacionadas:
- Que toda acción constructiva en la sociedad debe tender al fortalecimiento del Estado;
- Que el Estado mexicano cuenta con el apoyo y soporte de las grandes mayorías del país, puesto que el Estado y la sociedad se confunden en un mismo movimiento; y
- Que las sociedades, por no decir estados, no se suicidan.
Las tres tesis pueden, en realidad, fundirse en una sola concepción acerca de la relación existente entre Estado y sociedad en México. A pesar de estar latente en la conceptualización del secretario de Gobernación, agregaríamos, en función del sistema político mexicano, el problema del partido. En realidad, a lo que se refería el secretario de Gobernación fue al Estado, al partido y a la sociedad. Las tesis no pueden abstraerse de esa realidad, y a las funciones políticas de sistema que las condiciones actuales de México le confieren a cada uno. Cuando se habla de Estado en México, se está hablando de una conformación compleja que evidentemente rebasa cualquier límite formal de acción y de influencia. El Estado es el partido, y el partido el Estado; su diferenciación es un problema de espacios de acción e intervención formales, mas no de actividad práctica. Lo que ilustra claramente esto es el hecho de que el Estado y el partido tienen los mismos intereses y conflictos de interés. Son las mismas personas, en papeles diferentes.
El proceso electoral demostró esto: resulta que los funcionarios electorales importantes, presidentes de comisiones locales electorales, comités distritales electorales, y hasta de casilla, son gente de confianza de gobierno, lo cual equivale decir defensores de la posición priísta ante el acontecer electoral. Lo mismo sucede, por supuesto, en la Comisión Federal Electoral. De tal suerte que, ante las declaraciones del secretario de Gobernación, queda la necesidad de reflexionar acerca de varios problemas. Uno es el hecho de que se ratifica la noción de Estado-sociedad como mecanismo de estabilidad social y política, a pesar de su carácter marcadamente antidemocrático. No es posible hablar de democracia en México si no existe esa separación entre Estado, partido y sociedad. Por definición, su integración en un solo cuerpo cristaliza prácticas y formas antidemocráticas y autoritarias.
Se ratifica, incluso, la idea de interrelación estrecha, alegando que los sistemas no se suicidan. Pero, ¿qué es el suicidio de un sistema político? Para algunos sería el traspaso de un sistema a otro (capitalismo o socialismo, por ejemplo), mientras que para el sistema político mexicano, el suicidio es que el partido perdiera su Estado. Por esto, casi cualquier cambio en México sería, según la definición dada, suicidio. Resulta, entonces, que hablar, como lo hizo el secretario, de que existe la opción legal a que otros partidos opten por el poder en México es un tecnicismo, un formalismo, pues la concepción de Estado expresada lo da por descontado, a menos de que el sistema se suicide.
A pesar del contexto en el cual lo ubica (democracia y Estado), lo cierto es que el efecto práctico y político de lo dicho cierra, no abre, canales de participación política. En realidad, es imposible de que ocurra en México lo que ocurrió en España en esta semana: una transición pacífica de poderes entre dos partidos opuestos. Es imposible, puesto que la fusión entre partido y Estado hace que no exista disposición alguna a compartir ni mucho menos entregar el poder a otras fuerzas.
En la medida en que el Estado es identificado con el PRI, y vía el PRI, con la sociedad a través de los múltiples mecanismos de control social, no habrá ni transición pacífica de poderes ni democracia. Los teóricos del PRI-Gobierno deben preocuparse por reformular la relación partido-Estado, o, para la claridad teórica de todos, no hablar de entrega de poderes. (p. 1)