RICARDO PASCOE 1999/10/20

La oreja del toro. REFORMA. 21 de octubre 1999

La oreja del toro

RICARDO PASCOE PIERCE
EL PASADO DOMINGO 17 DE OCTUBRE LA afición taurina de la Ciudad de México presenció algo insólito y poco frecuente en la Plaza de Toros México. Ante una multitud que exigía que el matador Manolo Lizardo fuese premiado por su faena con una oreja, el juez de plaza José Amalio Ballesteros la negó. Al salir de la Plaza México el juez explicó su posición, contraria a la mayoría de los asistentes, alegando que la faena fue de poco mérito. La decisión acerca de lo correcto o incorrecto del juicio del juez Ballesteros puede seguir hasta la eternidad. Lo que merece comentario, sin embargo, es la reacción del público ante la decisión tomada. De una reacción airada, creció el ambiente hostil y agresivo, a tal grado que Ballesteros tuvo que salir escoltado por la policía para evitar ser agredido por la multitud enardecida. Independientemente del debate que puede suscitar la decisión del juez, no cabe duda de que la reacción fue totalmente desmedida frente al hecho. El propio juez ha recibido amenazas personales y a su familia, lo cual hace del asunto algo fuera de toda proporción. La multitud que se arremolinó alrededor del palco del juez el domingo reflejaba otra actitud en el rostro, y otro interés en su conducta. La mayoría eran jóvenes, y muchas eran mujeres, con boletos que había regalado Telmex para promocionar sus corridas. Es decir, no eran necesariamente aficionados a los toros, pero sí a la búsqueda de algún entretenimiento un domingo por la tarde. De repente, irrumpió la ira en la Plaza de Toros, y era obviamente la expresión de otro fenómeno social.
Se hizo presente un reclamo social, profundo y lleno de resentimiento. Era, entre otras cosas, un agudo reclamo a la autoridad, en este caso, ejemplificado por el juez de plaza. No era una expresión de ira contra la autoridad de partido o por pertenecer a un partido en particular, sino un reclamo general al símbolo de la autoridad. Se sintió el resentimiento social y la desesperanza en la actitud desmedida de quienes asistieron a los toros el domingo pasado. De hecho, las porras taurinas tradicionales empezaron a corear su apoyo al juez justamente por el hecho de haberse resistido a la presión de la multitud taurinamente inculta.
La presencia de un resentimiento social tan fuerte hace eco en otros sectores de la sociedad mexicana. Y ese resentimiento potencialmente despierta formas insólitas y nuevas de violencia. Hace, además, impredecible el curso de los procesos políticos que vivirá el país en los próximos meses. La presión que empieza a ejercer la sociedad hacia el Estado contiene una fuerza y dureza que se equipara a la profundidad con la que los ciudadanos en su vasta mayoría resienten los efectos de una política económica cuyos efectos, a largo plazo, son los de arrebatarle a la gente la sensación de bienestar, prosperidad y esperanza en el futuro propio y de sus hijos. Precisamente este hecho explica las razones profundas de la crisis que hoy vive la UNAM. Si no se entiende que, independientemente del interés político concreto que mueve al núcleo duro de la ultra, el movimiento estudiantil goza de una base social real en la universidad y también fuera de ella. A pesar de tener acceso a la UNAM, son estudiantes que sienten que no tienen un futuro promisorio. La política económica que se aplica en México desde 1980 ha cercenado a la universidad como verdadera escalera de ascenso social. De hecho, los padres de los paristas son tan ultras como sus hijos, pues también expresan un profundo resentimiento social contra el devenir del neoliberalismo. Lo anterior es una explicación necesaria para entender la lógica y conducta de desposeídos que han perdido su esperanza. La violencia va a brincar por el lado menos indicado y en un momento en que no se le espera. Así son las profundas crisis sociales cuando los efectos solidarios de la sociedad empiezan a agrietarse y la cohesión se desmorona. El hecho de que usuarios hayan linchado a un ladrón a bordo de un camión o que se armen los vecinos de un pueblo como el de Tulyehualco con guardias vecinales habla de un proceso de descomposición social, de una gran frustración y marginación, junto con el crecimiento de un ciclo de violencia.
Muchas veces las autoridades no tienen los vínculos suficientes con la sociedad para entender la profundidad de la crisis y de sus implicaciones. El ejemplo más claro es el del rector Barnés, quien cometió la tontera de tratar de elevar las cuotas de la UNAM pensando que la comunidad no reaccionaría. Lo mismo puede estar ocurriendo con las dirigencias partidistas. Estando en el umbral del proceso electoral 2000, muchos son los ejemplos de cómo los partidos están perdiendo contacto con sus bases sociales de sustento lo cual, de por sí, genera otro tipo de resentimiento. La crisis es de la sociedad mexicana, de sus estructuras tradicionales de toma de decisiones, de sus formas de representación, de sus autoridades y de su gente. Los desastres naturales vienen a refrendar y reforzar la impresión de que el país se construyó sobre la base de la corrupción y los negocios. He ahí los ejemplos de Tabasco y Veracruz, además de Puebla. En el fondo la crisis generada por la decisión de un juez de plaza en torno a la oreja del toro es la imagen perfecta del país entero. La gente abajo reclamando, la autoridad arriba con sus decisiones que provocan reacciones airadas y en medio un vacío de auténtica comunicación y de procesamiento de decisiones. Enmedio, la oreja del toro.

Espejos de una ciudad. REFORMA .4 de noviembre 1999

Coalición a debate. REFORMA. 23 de septiembre 1999

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